Los delanteros (primera parte)
El Conejo: Recuerdo verlo salir de la manga para disputar uno de sus primeros partidos en primera. Por un momento, pensé que Pablito Aimar y él eran hijos o sobrinos de algún otro jugador, y que un asistente los tomaría de la mano luego de posar con el equipo para llevarlos a la platea con su madre. Siempre han existido este tipo de jugadores, livianos y retacones, pero esto parecía ser demasiado. Con edad de tercera y no más de cincuenta kilos encima, comenzaría una pequeña revolución. Sus cualidades han sido varias: increíbles oportunismo y capacidad goleadora, habilidad y velocidad, goles importantes y un cariño especial por los túneles. Lo tenía todo para conseguirlo todo, hasta que empezó a tropezar con la táctica, la frialdad y la potencia física del deporte europeo. El tiempo y el trabajo le permitieron aumentar un poco su musculatura, pero ya no marcaba tantas diferencias con el resto. Quizás haya sentido de muy joven el rigor de la vida y los cambios repentinos, seguramente tenga que jugar el mundial desde el banco, pero uno no puede menos que ilusionarse cuando lo ve tirarla larga, hincar la cabeza y empezar a correr con esa mueca tan particular.
La Pulga: Cuesta no chocar con el discurso popular. La esperanza nacional, el heredero de Pelusa, el salvador o el Mesías. Nada de eso, Lionel es sólo un chico. Claro está, tiene una particularidad: ha logrado conectar con el núcleo, la matriz suprema, la fuente de las infinitas combinaciones. Me he sorprendido a mí mismo riéndome a carcajadas luego de verlo en una gambeta, una resolución perfecta, un toque instintivo, incluso tan solo viéndolo correr. Lo hace todo con gracia. Su sonrisa contagia, y nos recuerda por qué nos hemos involucrado de una forma tan obsesiva con este deporte. Porque es la actividad más divertida encontrada por el hombre en sus más de quince mil años de cultura. Que hay que buscarle una posición táctica, que tiene que combinar con sus compañeros, que le falta remate al arco, no me interesa. Déjenlo libre. Que corra salvaje e incontenible, inmune a los esquemas y con su voluntad inmutable. Tenemos tantos miedos como esperanzas. Por favor que no cambie, por Dios que no se lastime.
Carlitos: El dominio del cuerpo y la pelota, la visión para el remate, la guapeza criolla y el toque de soberbia necesario para formar parte de la elite de nuestro fútbol. El paria, el villero, el Rooney sudaca. Sus dientes retorcidos y su dermis mutante son una cachetada en la cara de un mundo futbolero contaminado por rubios metrosexuales. Pecará seguramente de individualista, se obstinará en su jugada, pero no se va a guardar nada. Deberá aprovechar su seudo anonimato, esa cierta subestimación inevitable por su fútbol lejano y poco estudiado. Hay quien dice que la suma de individualidades nunca superará al juego colectivo. Dejate de joder, no pueden marcarlos a todos.
1 Comments:
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Anónimo, at 7:53 a. m.
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